Jueves 15 de Noviembre de 2018
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farandula
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Del folclor que nos resuena.
Del folclor que nos resuena.
Santo Domingo
Pensar en folclor musical por lo general nos transporta a una escena costumbrista, una fiesta bajo una enrramada, con un fogón al centro y un rio en el fondo, donde suenan palos, un perico ripiao o un merengue de guitarra. En honor a la verdad, remitirnos a este ambiente es reconocer de qué forma nos hemos relacionado con la música como sociedad.

Rural o moderna, los contextos actuales sin embargo, van más allá de estas representaciones y es aquí donde precisamente lo que se denomina ahora como “música de fusión” nos sirve de refracción de lo una vez fuimos y de lo que ahora somos.

Bien sea en una rumba barrial o en un rancho típico en el Cibao, desde una discoteca en el Bronx, un bar en la Zona Colonial o en un festival indie a la orilla de la playa, todo este imaginario suena hoy en aleatorio, es una reproducción de lo vivido y lo bailao a otros ritmos y en otros tiempos.

Todas estas realidades culturales se mueven en una dinámica en espiral y a la vez se subalternan unas a otras y así, por el contrario a esa noción de identidad que tanto se pondera en el país, se traspasan ciertos conflictos interculturales que son inevitables. Nuestro punto de encuentro podría ser la interculturalidad, entendiéndolo, como lo explica Néstor García Canclini, como un concepto relativamente más neutro para describir lo que nos ha estado pasando.

Musicalmente hablando, aunque el concepto actual de “fusión” nos refiera a determinadas cuestiones estéticas, toda la música dominicana en función es de fusión; ahora bien, ciertos términos fueron necesarios como “música raíz”, “merengue jazz”, “fusón”, “techno amargue”, “tropical fusión”, “urbana”, fueron en su momento necesidades humanas de nombrar, clasificar, describir, y esto sucede dentro y fuera del negocio musical. ¡Pero eso no es folclor! ¿o si? es memoria y es resonancia.

El merengue es, en principio la música tradicional que más se ha adaptado a estos procesos, y conflictos aparte, tanto en su vertiente popular como típica –una noción cada vez más difusa, sobre todo después del fenómeno “urbano”- es el de más hibridación. Se reconocen sus señas rítmicas, sus adaptaciones de otros complejos melódicos o “fusilamientos”, y la inclusión de diversas instrumentaciones y con ello los arreglos, orquestaciones y sonoridades. Este ejemplo es perfecto para entender la fusión como forma natural de creación, pues el Merengue contiene una trayectoria de asimilaciones, sincretismos, bifurcaciones y colisiones, todos con finales casi felices, y al igual que con la bachata y el típico, con unas sonoridades de cuerdas y acordeón viene compartiendo por siglos el cosmos y memoria de nuestras culturas locales.

Del “rescate” que antaño se tomaba como apología para determinadas proyecciones a ritmos folclóricos en peligro de extinción, se reconoce la trayectoria de muchos músicos “de la fusión”, y en este mismo espacio sociocultural concurren junto a otras generaciones de músicos y bajo otros términos, co-creando a partir de merengues, bachatas, y estilos musicales más modernos, como una tendencia de jazz afrodominicano o el movimiento alternativo.

El jazz, como tendencia local cuenta producciones que incluyen elementos de géneros casi desaparecidos como el Machacó, Pri pri, Chuines, Pambiche, entre otros. Por este puente cruzan músicas tradicionales hacia una realidad global. Respecto a la música alternativa el espectro es muy amplio, y sus artistas y proyectos abarcan desde el hip hop, la electrónica, reggae, soul, rock, konpa, samba, son, cumbia, con ritmos locales como el merengue y la bachata y la diversidad del foclor musical.

La música dominicana es un referente esencial de la hibridación cultural temprana, por suerte, todavía cuenta con una gran familia, que ha entendido a tiempo la importancia de la preservación y la innovación. Lo que nos resuena es la música de la memoria y “eso” no se nos ha perdido.
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